Mozambique tiene un Gobierno. Un Gobierno estable, que se hace presente a lo largo y ancho de la geografía del país, un Gobierno que sabe planificar a largo plazo. Esta excepción en África, le pese a quien le pese (y a algunas Embajadas y Agencias de cooperación aún les pesa demasiado) es una herencia positiva de la época socialista. Sin embargo algunos se empeñan en quitar poder a ese Gobierno a beneficio de las entidades provinciales y municipales porque, como todo el mundo sabe, la descentralización es buena.
La descentralización es buena porque democratiza al acercar al ciudadano a los centros de poder y decisión. Sin embargo, en las últimas elecciones municipales en Mozambique hace apenas una semana, mientras la comunidad internacional bendecía los resultados, el Centro de Integridade Publica (http://www.integridadepublica.org.mz) denunciaba serias irregularidades en al menos tres ciudades: Beira (la segunda ciudad más importante del país), Ilha de Moçambique y Nacala. Cuando en un país existe tradición de pucherazo y los ciudadanos son impotentes ante los abusos de poder, los riesgos de fraude electoral y la falta de representatividad del poder político se sufre a todos los niveles. Y si no, que se lo pregunten a los votantes de Florida.
La descentralización es buena porque permite ofrecer al ciudadano unos servicios más adecuados a sus necesidades. Por eso, bajo el mantra descentralizador se descentralizan los sistemas de salud, de educación o la provisión de agua. Resultados contrastados que demuestren los beneficios sobre el acceso de la población a estos servicios escasean. Mejor dicho, en Mozambique, no existen. Lo que ha funcionado en algunos estados de la India no tiene por qué funcionar en otros contextos. Sin embargo, la marabunta descentralizadora avanza ciegamente, aún a riesgo de poner cuestiones tan críticas como la sanidad y la educación en manos de indocumentados. Poner al zorro a vigilar el gallinero, que dicen los ingleses. Y si no, que se lo pregunten a los ciudadanos de la Comunidad de Madrid.
La descentralización es buena porque permite una gestión más eficiente de los recursos. ¿En qué momento y bajo la inspiración de quién, nos olvidamos del concepto de las economías de escala? A los precursores de la descentralización en Mozambique les infunde seguridad en su credo un dato: casi cada distrito del país cuenta con un técnico superior. UN técnico superior. El resto de los gestores o funcionarios públicos, con suerte, han terminado la escuela secundaria. Un licenciado universitario (no se especifica especialidad) que deberá gestionar los fondos públicos, los procesos electorales, garantizar la provisión de salud, educación y agua, extender la red de infraestructuras locales, etc. UN solo técnico superior. Eso es eficacia y lo demás son tonterías.
Descentralizar no es ni la solución ni el problema. Es una posibilidad de Gobierno, una alternativa de gestión que tiene sentido en algunos contextos y en algunos ámbitos de actividad, y en otros no. Parece mentira que sigamos buscando una receta para todo, una llave que abra todas las puertas, una aguja en un pajar.
En realidad, el Gobierno de Mozambique no quiere descentralizar. No es que citen la Utopía de Tomás Moro ni a Rousseau, es que, evidentemente, la descentralización es una cuestión de reequilibrio de poder. Y ¿quién quiere reequilibrar poderes cuando ostenta el poder absoluto? Así que, forzado por sus "socios en el desarrollo del país" (agencias internacionales y Banco Mundial), el Gobierno emprende a regañadientes un proceso descentralizador. Es poco probable que el resultado sea un país más democrático, o una prestación de servicios para el ciudadano más igualitaria o eficaz. Pero, afortunadamente, no hay que preocuparse mucho, el Gobierno mozambiqueño y la comunidad de donantes son como un matrimonio añoso. "Sí cariño, vamos a descentralizar... el año que viene".
Equipo de investigaciones
Leer más...
La pobreza y la desigualdad son problemas complejos, pero no inevitables. Una sociedad bien informada puede provocar la transformación económica y política que pondrá fin a la pobreza. Este blog, elaborado por el área de investigaciones de Intermón Oxfam, quiere contribuir a ese debate: proponer reflexiones e ideas sobre la globalización y el desarrollo, y escuchar lo que otros tienen que decir.
Mostrando entradas con la etiqueta modelo de desarrollo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta modelo de desarrollo. Mostrar todas las entradas
martes, 2 de diciembre de 2008
lunes, 10 de noviembre de 2008
Franklin Delano Obama
Éste es el sugerente título con el que Paul Krugman analiza en el New York Times de hoy las expectativas a las que debe hacer frente el nuevo Presidente Obama: "De repente, todo lo antiguo se convierte de nuevo en New Deal. Reagan fuera; F.D.R. [F. D. Roosevelt] dentro."
El New Deal de Roosevelt, como la Gran Sociedad de Johnson treinta años después, redefinieron el modo de entender las políticas públicas y el papel del Estado en el bienestar común. Roosevelt se enfrentó a un país deprimido con el primer gran experimento keynesiano del siglo XX. Las refomas del New Deal dieron lugar a leyes e instituciones regulatorias que transformaron el Estado: infraestructuras públicas (incluyendo un ambicioso programa de vivienda social), protección de los pequeños agricultores o garantías para el pequeño inversor y propietario. Muchas de sus reformas fueron declaradas inconstitucionales en un primer momento, pero los cambios en el Tribunal Supremo permitieron sacarlas adelante poco tiempo después.
Lyndon B. Johnson pronunció en 1964 su celebre discurso sobre la Gran Sociedad: una sociedad que no es capaz de ocuparse de los más débiles no merece ser llamada por ese nombre. Johnson -al que la Historia desgraciadamente recordará por comenzar la guerra de Vietnam- continúo el trabajo que Roosevelt había empezado y Kennedy había soñado. Bajo su presidencia, por ejemplo, se pusieron en marcha los dos programas federales de salud que hoy siguen vigentes (Medicare y Medicaid). También se aprobó la Economic Opportunity Act, que mejoró la igualdad de oportunidades en el acceso a la educación.
Obama no se enfrenta a retos menores. Más de un millón de estadounidenses han perdido ya su vivienda como consecuencia de la crisis hipotecaria; 46 millones carecen de un seguro de salud que les garantice asistencia más allá de la unidad de emergencias; doce millones de inmigrantes irregulares recuerdan el fracaso de las políticas de inmigración de los últimos veinte años. La lista es tan extensa como abrumadora.
Con la excepción de la guerra de Irak y el nuevo Protocolo de Kyoto, las prioridades de la nueva Administración serán casi completamente internas. Tengamos paciencia. Si Obama es realmente un nuevo Roosevelt estamos ante la oportunidad de cambiar el modelo de desarrollo que se ha impuesto a los países pobres durante más de tres décadas.
Gonzalo Fanjul, desde Boston Leer más...
El New Deal de Roosevelt, como la Gran Sociedad de Johnson treinta años después, redefinieron el modo de entender las políticas públicas y el papel del Estado en el bienestar común. Roosevelt se enfrentó a un país deprimido con el primer gran experimento keynesiano del siglo XX. Las refomas del New Deal dieron lugar a leyes e instituciones regulatorias que transformaron el Estado: infraestructuras públicas (incluyendo un ambicioso programa de vivienda social), protección de los pequeños agricultores o garantías para el pequeño inversor y propietario. Muchas de sus reformas fueron declaradas inconstitucionales en un primer momento, pero los cambios en el Tribunal Supremo permitieron sacarlas adelante poco tiempo después.
Lyndon B. Johnson pronunció en 1964 su celebre discurso sobre la Gran Sociedad: una sociedad que no es capaz de ocuparse de los más débiles no merece ser llamada por ese nombre. Johnson -al que la Historia desgraciadamente recordará por comenzar la guerra de Vietnam- continúo el trabajo que Roosevelt había empezado y Kennedy había soñado. Bajo su presidencia, por ejemplo, se pusieron en marcha los dos programas federales de salud que hoy siguen vigentes (Medicare y Medicaid). También se aprobó la Economic Opportunity Act, que mejoró la igualdad de oportunidades en el acceso a la educación.
Obama no se enfrenta a retos menores. Más de un millón de estadounidenses han perdido ya su vivienda como consecuencia de la crisis hipotecaria; 46 millones carecen de un seguro de salud que les garantice asistencia más allá de la unidad de emergencias; doce millones de inmigrantes irregulares recuerdan el fracaso de las políticas de inmigración de los últimos veinte años. La lista es tan extensa como abrumadora.
Con la excepción de la guerra de Irak y el nuevo Protocolo de Kyoto, las prioridades de la nueva Administración serán casi completamente internas. Tengamos paciencia. Si Obama es realmente un nuevo Roosevelt estamos ante la oportunidad de cambiar el modelo de desarrollo que se ha impuesto a los países pobres durante más de tres décadas.
Gonzalo Fanjul, desde Boston Leer más...
Etiquetas:
modelo de desarrollo,
Obama
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
Los contenidos de este blog son reflexiones personales de los autores, y no necesariamente representan las posiciones de Oxfam. Para conocer nuestras publicaciones y los temas que investigamos, consulta las páginas de Oxfam o de Intermón Oxfam.